Tal vez fue por ese incidente, por ese robo que resultó más inoportuno que nunca, por mis circunstancias personales que el preludio de mi Erasmus no fue como el de los demás. Otros estudiantes que se han marchado al extranjero describen sus primeros días en la ciudad como una especie de sueño, repleto de paseos en bicicleta o a pie, acompañados de mariposas en el estómago. También explican que sentían algo de pavor al encontrarse solos en un lugar nuevo, que todo les resultaba ajeno y asombroso: los habitantes de ese país, el idioma, las costumbres. Yo no tuve tiempo para pensar en nada de eso.
Yo no tuve ningún momento de "¡oh, qué emoción, estoy descubriendo Berlín!" Me topé con el Muro por pura casualidad al cabo de un mes, una noche que iba buscando el Black Hole, un bareto atestado de estudiantes borrachos, y a día de hoy sólo he pisado un museo, el de Bauhaus, de diseño, donde alternativos y modernos gafapasta se paseaban con aire lánguido y arrogante y eran capaces de quedarse observando una tetera durante media hora. Eso sí, he visitado unas 15 discotecas y otros tantos bares, cafeterías y kneipes, aunque aún se me resisten dos grandes cimas: Watergate y Berghain, el Everest de la vida nocturna. Tampoco sentí esos escalofríos y esa zozobra de "¡Dios, estoy sola, perdida en una ciudad enorme y desconocida!" El hecho de vivir sola, sin mis padres, no me imponía respeto, pues me había independizado hacia un año y medio y lo de cocinar y realizar todas las tareas domésticas yo misma era lo último que me preocupaba. Enseguida conocí a otros estudiantes, tanto españoles como de otros países, aunque la mayoría de España, y me sentí como en casa en el sentido de que salíamos de juerga, nos íbamos a Mauerpark y era como si lleváramos haciéndolo toda la vida. Antes que los principales lugares turísticos descubrí la comisaría de Spandau, donde denuncié el robo de la cartera, así como el consulado español y el ruso, además del locutorio donde le lloraba a mi madre por skype, por aquello de que me sentía desamparada y desprotegida sin documentación, sin seguro médico y sin tarjetas de crédito y luego, por la noche, me iba a emborracharme y a divertirme para volver a casa cuando el sol ya estaba alto y calentaba apaciblemente y el paseo de la estación al apartamento resultaba de lo más agradable y reparador.
Al contrario de lo que suele ocurrir, empecé a sentirme sola días (o tal vez incluso semanas) después de llegar a Alemania, cuando la euforia y el frenesí de las primeras experiencias se habían esfumado poco a poco y me encontré de cara con la realidad. En esos instantes odié Berlín, quise reducir mi estancia Erasmus y marcharme al final del primer semestre. Echaba de menos Barcelona con una intensidad feroz y la melancolía me arañaba como una bestia enloquecida. Tardábamos prácticamente una hora en llegar a la universidad y al centro. Y para colmo tenía pocas clases y disponía de demasiado tiempo libre y, acostumbrada como estaba a estudiar y a trabajar, sentía que las horas y los días se me escapaban por las rendijas de la pasividad. Además, el grupo de estudiantes que se había reunido el primer domingo en Mauerpark se había disgregado y yo intentaba mantener el contacto con unos y con otros, hasta que acabé teniendo la sensación de que no profundizaba en ninguna de mis relaciones y que no podía abarcar tanto como pretendía. Tardé un otoño, frío, plomizo y lluvioso, en domar Berlín, o tal vez fue viceversa: él me domó a mí, me moldeó hasta convertirme en la pieza que soy ahora, que encaja sin dificultades en ese enorme rompecabezas. Tardé cuatro meses en encontrar el piso perfecto, tras haber vivido en tres lugares diferentes: en el oeste, el sur y el centro. Tardé lo que me pareció una eternidad en trazar unas directrices en mi nueva vida, confeccionar una rutina y elaborar una tapiz de amistades confeccionado con las hebras de la confianza y el cariño mutuo. Así es como fue porque tal vez así hubo de ser. El camino transitado me sirvió para aprender a amar Berlín, para sentirlo como lo siento ahora. A veces, al fin y al cabo, el fin justifica los medios.
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