Vaya, tan solo han transcurrido cinco meses pero parece que haya pasado una vida entera. Me concentro en evocar aquella noche del 29 de septiembre y solamente recuerdo que aterricé en Berlín feliz y temblorosa de emoción. Cogí un taxi que me condujo hasta Schönhauser Allee, una zona muy bonita en el moderno distrito de Prenzlauer Berg, que a mí por aquel entonces ya me sonaba porque había leído que era, junto a Kreuzberg, Neukölln y Friedrichschain, uno de los barrios de más ambiente y más fiesta de la ciudad. (Hoy en día sé que Friedrichshain se lleva la palma). Pasé aquella primera noche en el piso donde se alojaba Sarai, mi futura Mitbewohnerin, y me sentí feliz, simplemente feliz de estar allí y de que Sarai me acogiera en su casa tan amablemente. Dios, de eso parece hace mil años.
Al día siguiente nos embarcamos en la primera aventura: cruzar la ciudad del este al oeste para dirigirnos al apartamento que habíamos alquilado en Spandau, cargadas de mochilas, bolsas y maletas, bajo un sol abrasador y un calor que era del todo inusual para esa época del año (vaya, en Berlín es verano y yo embutida en ocho capas de ropa...). En cuanto llegamos a nuestro destino me di cuenta de lo mucho que cambiaba el entorno. "Qué mal viste la gente aquí, ¿no? Estamos en un barrio de garrulos", comentábamos entre risas. Los habitantes de Spandau, muchos de ellos inmigrantes turcos y rusos, exhibían una estética que recordaba los años noventa: chándales blancos, camisetas con letras doradas, bambas rosa chicle. Pero la arquitectura del barrio era espectacular: majestuosos edificios del siglo XVIII, colosales y soberbias construcciones entre las que se erguía con orgullo el Rathaus, el Ayuntamiento. Más tarde me enteré de que Spandau, que había pertenecido al Sector Británico durante la época del Muro, había sido un barrio rico pero había empobrecido considerablemente en los últimos años.
Ese fue el primero y el último día que pasé en las nubes. Como si de una acometida militar se tratase, llevamos a cabo la mudanza estoicamente. La primera de mi considerable lista de mudanzas. Después Sarai se fue a trabajar y yo me dispuse a hacer la compra. Comí, me acomodé un poco en el piso, me tomé un respiro. Por la noche cogí el tren regional y me dirigí al centro, situado a una media hora de Spandau. Sarai y yo fuimos a Alexanderplatz, donde todo era bullicio y alboroto, ya que se celebraba el Oktoberfest. Carpas y paraditas donde vendían cerveza, bouletten o currywurst y kneipes improvisadas, casitas rústicas donde camareras vestidas de bávaras y con un generoso escote servían enormes jarras de cerveza y tanto alemanes como turistas, borrachos a las nueve de la noche, bailaban y pegaban saltos al son de música tradicional. Qué felicidad me contagió aquella gente. Más tarde Sarai me llevó a Oranienburger Strasse y entramos en el Tacheles, el centro de arte y cultura alternativa de Berlín. Nos tomamos un par de cervezas en una pequeña sala donde un grupo de melenudos desaliñados tocaban no sé qué, quizás era grunge. Cuando salimos de allí, se me planteó un dilema. Yo, ebria de cerveza, de ese ambiente bohemio, del aire tibio de la noche quise seguir la fiesta y decidí llamar a un chico que había conocido por facebook antes de llegar a Berlín. Sarai no podía trasnochar, ya que madrugaba al día siguiente para ir a trabajar. Me daba un poco de miedo pasearme sola por la noche en transporte público por una ciudad desconocida pero logré acallar las dudas y me fui, creo recordar que a Treptower Park, donde había quedado con Martí y sus amigos.
Después todo fue muy caótico. Nos encontramos, hicimos las presentaciones, me ofrecieron vodka, ron y no sé qué más. Hicimos cola para entrar en una discoteca pero no nos permitieron la entrada, así que nos fuimos a otra, de la cual sólo recuerdo que los porteros me guardaron la cámara, ya que estaba prohibido tomar fotos dentro del local y que la música era extraña. No sé si sería trance, dance o minimal. Tampoco sé cómo cogí el tren de vuelta a casa, completamente borracha; cuando recuperé la conciencia ya era demasiado tarde. Me desperté a las nueve de la mañana en alguna estación de la línea S75, pero ya no recuerdo cuál. Sé que estaba yendo en dirección contraria. Metí la mano en el bolso y me di cuenta de que ni la cartera ni la cámara de fotos estaban en su sitio. Me habían robado. Lo había perdido todo, excepto dinero en efectivo. Cancelé las tarjetas de crédito e intenté mantener el aplomo. De hecho tardé unos días en romper a llorar, sintiendo cada ráfaga de remordimiento como una cuchillada. Si me quedaba en casa, me asfixiaba la soledad y la culpa, así que salía en cuanto podía. De hecho ese domingo, bebiendo cerveza y tomando el sol en Mauerpark y después, por la noche, viendo el concierto de Mando Diao en la Puerta de Brandenburgo, disfrutando de la música y de las luces junto a mis nuevos amigos, me sentía absolutamente pletórica. El bajón aparecía de repente y me cubría como una inmensa e inclemente ola cuando me metía en la cama y cerraba los ojos o cuando miraba el techo tumbada en la bañera. Sarai fue un gran apoyo para mí en aquellos momentos, la que me veía llorar y la que me ayudaba a desenredar esa maraña de adversidades.
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