sábado, 3 de marzo de 2012

Retrospectiva II

Tal vez fue por ese incidente, por ese robo que resultó más inoportuno que nunca, por mis circunstancias personales que el preludio de mi Erasmus no fue como el  de los demás. Otros estudiantes que se han marchado al extranjero describen sus primeros días en la ciudad como una especie de sueño, repleto de paseos en bicicleta o a pie, acompañados de mariposas en el estómago. También explican que sentían algo de pavor al encontrarse solos en un lugar nuevo, que todo les resultaba ajeno y asombroso: los habitantes de ese país, el idioma, las costumbres. Yo no tuve tiempo para pensar en nada de eso.

Yo no tuve ningún momento de "¡oh, qué emoción, estoy descubriendo Berlín!" Me topé con el Muro por pura casualidad al cabo de un mes, una noche que iba buscando el Black Hole, un bareto atestado de estudiantes borrachos, y a día de hoy sólo he pisado un museo, el de Bauhaus, de diseño, donde alternativos y modernos gafapasta se paseaban con aire lánguido y arrogante y eran capaces de quedarse observando una tetera durante media hora. Eso sí, he visitado unas 15 discotecas y otros tantos bares, cafeterías y kneipes, aunque aún se me resisten dos grandes cimas: Watergate y Berghain, el Everest de la vida nocturna. Tampoco sentí esos escalofríos y esa zozobra de "¡Dios, estoy sola, perdida en una ciudad enorme y desconocida!" El hecho de vivir sola, sin mis padres, no me imponía respeto, pues me había independizado hacia un año y medio y lo de cocinar y realizar todas las tareas domésticas yo misma era lo último que me preocupaba. Enseguida conocí a otros estudiantes, tanto españoles como de otros países, aunque la mayoría de España, y me sentí como en casa en el sentido de que salíamos de juerga, nos íbamos a Mauerpark y era como si lleváramos haciéndolo toda la vida. Antes que los principales lugares turísticos descubrí la comisaría de Spandau, donde denuncié el robo de la cartera, así como el consulado español y el ruso, además del locutorio donde le lloraba a mi madre por skype, por aquello de que me sentía desamparada y desprotegida sin documentación, sin seguro médico y sin tarjetas de crédito y luego, por la noche, me iba a emborracharme y a divertirme para volver a casa cuando el sol ya estaba alto y calentaba apaciblemente y el paseo de la estación al apartamento resultaba de lo más agradable y reparador.

Al contrario de lo que suele ocurrir, empecé a sentirme sola días (o tal vez incluso semanas) después de llegar a Alemania, cuando la euforia y el frenesí de las primeras experiencias se habían esfumado poco a poco y me encontré de cara con la realidad. En esos instantes odié Berlín, quise reducir mi estancia Erasmus y marcharme al final del primer semestre. Echaba de menos Barcelona con una intensidad feroz y la melancolía me arañaba como una bestia enloquecida. Tardábamos prácticamente una hora en llegar a la universidad y al centro. Y para colmo tenía pocas clases y disponía de demasiado tiempo libre y, acostumbrada como estaba a estudiar y a trabajar, sentía que las horas y los días se me escapaban por las rendijas de la pasividad. Además, el grupo de estudiantes que se había reunido el primer domingo en Mauerpark se había disgregado y yo intentaba mantener el contacto con unos y con otros, hasta que acabé teniendo la sensación de que no profundizaba en ninguna de mis relaciones y que no podía abarcar tanto como pretendía. Tardé un otoño, frío, plomizo y lluvioso, en domar Berlín, o tal vez fue viceversa: él me domó a mí, me moldeó hasta convertirme en la pieza que soy ahora, que encaja sin dificultades en ese enorme rompecabezas. Tardé cuatro meses en encontrar el piso perfecto, tras haber vivido en tres lugares diferentes: en el oeste, el sur y el centro. Tardé lo que me pareció una eternidad en trazar unas directrices en mi nueva vida, confeccionar una rutina y elaborar una tapiz de amistades confeccionado con las hebras de la confianza y el cariño mutuo. Así es como fue porque tal vez así hubo de ser. El camino transitado me sirvió para aprender a amar Berlín, para sentirlo como lo siento ahora. A veces, al fin y al cabo, el fin justifica los medios.

Retrospectiva

Vaya, tan solo han transcurrido cinco meses pero parece que haya pasado una vida entera. Me concentro en evocar aquella noche del 29 de septiembre y solamente recuerdo que aterricé en Berlín feliz y temblorosa de emoción. Cogí un taxi que me condujo hasta Schönhauser Allee, una zona muy bonita en el moderno distrito de Prenzlauer Berg, que a mí por aquel entonces ya me sonaba porque había leído que era, junto a Kreuzberg, Neukölln y Friedrichschain, uno de los barrios de más ambiente y más fiesta de la ciudad. (Hoy en día sé que Friedrichshain se lleva la palma). Pasé aquella primera noche en el piso donde se alojaba Sarai, mi futura Mitbewohnerin, y me sentí feliz, simplemente feliz de estar allí y de que Sarai me acogiera en su casa tan amablemente. Dios, de eso parece hace mil años.

Al día siguiente nos embarcamos en la primera aventura: cruzar la ciudad del este al oeste para dirigirnos al apartamento que habíamos alquilado en Spandau, cargadas de mochilas, bolsas y maletas, bajo un sol abrasador y un calor que era del todo inusual para esa época del año (vaya, en Berlín es verano y yo embutida en ocho capas de ropa...). En cuanto llegamos a nuestro destino me di cuenta de lo mucho que cambiaba el entorno. "Qué mal viste la gente aquí, ¿no? Estamos en un barrio de garrulos", comentábamos entre risas. Los habitantes de Spandau, muchos de ellos inmigrantes turcos y rusos, exhibían una estética que recordaba los años noventa: chándales blancos, camisetas con letras doradas, bambas rosa chicle. Pero la arquitectura del barrio era espectacular: majestuosos edificios del siglo XVIII, colosales y soberbias construcciones entre las que se erguía con orgullo el Rathaus, el Ayuntamiento. Más tarde me enteré de que Spandau, que había pertenecido al Sector Británico durante la época del Muro, había sido un barrio rico pero había empobrecido considerablemente en los últimos años.

Ese fue el primero y el último día que pasé en las nubes. Como si de una acometida militar se tratase, llevamos a cabo la mudanza estoicamente. La primera de mi considerable lista de mudanzas. Después Sarai se fue a trabajar y yo me dispuse a hacer la compra. Comí, me acomodé un poco en el piso, me tomé un respiro. Por la noche cogí el tren regional y me dirigí al centro, situado a una media hora de Spandau. Sarai y yo fuimos a Alexanderplatz, donde todo era bullicio y alboroto, ya que se celebraba el Oktoberfest. Carpas y paraditas donde vendían cerveza, bouletten currywurst y kneipes improvisadas, casitas rústicas donde camareras vestidas de bávaras y con un generoso escote servían enormes jarras de cerveza y tanto alemanes como turistas, borrachos a las nueve de la noche, bailaban y pegaban saltos al son de música tradicional. Qué felicidad me contagió aquella gente. Más tarde Sarai me llevó a Oranienburger Strasse y entramos en el Tacheles, el centro de arte y cultura alternativa de Berlín. Nos tomamos un par de cervezas en una pequeña sala donde un grupo de melenudos desaliñados tocaban no sé qué, quizás era grunge. Cuando salimos de allí, se me planteó un dilema. Yo, ebria de cerveza, de ese ambiente bohemio, del aire tibio de la noche quise seguir la fiesta y decidí llamar a un chico que había conocido por facebook antes de llegar a Berlín. Sarai no podía trasnochar, ya que madrugaba al día siguiente para ir a trabajar. Me daba un poco de miedo pasearme sola por la noche en transporte público por una ciudad desconocida pero logré acallar las dudas y me fui, creo recordar que a Treptower Park, donde había quedado con Martí y sus amigos.

Después todo fue muy caótico. Nos encontramos, hicimos las presentaciones, me ofrecieron vodka, ron y no sé qué más. Hicimos cola para entrar en una discoteca pero no nos permitieron la entrada, así que nos fuimos a otra, de la cual sólo recuerdo que los porteros me guardaron la cámara, ya que estaba prohibido tomar fotos dentro del local y que la música era extraña. No sé si sería trance, dance o minimal. Tampoco sé cómo cogí el tren de vuelta a casa, completamente borracha; cuando recuperé la conciencia ya era demasiado tarde. Me desperté a las nueve de la mañana en alguna estación de la línea S75, pero ya no recuerdo cuál. Sé que estaba yendo en dirección contraria. Metí la mano en el bolso y me di cuenta de que ni la cartera ni la cámara de fotos estaban en su sitio. Me habían robado. Lo había perdido todo, excepto dinero en efectivo. Cancelé las tarjetas de crédito e intenté mantener el aplomo. De hecho tardé unos días en romper a llorar, sintiendo cada ráfaga de remordimiento como una cuchillada. Si me quedaba en casa, me asfixiaba la soledad y la culpa, así que salía en cuanto podía. De hecho ese domingo, bebiendo cerveza y tomando el sol en Mauerpark y después, por la noche, viendo el concierto de Mando Diao en la Puerta de Brandenburgo, disfrutando de la música y de las luces junto a mis nuevos amigos, me sentía absolutamente pletórica. El bajón aparecía de repente y me cubría como una inmensa e inclemente ola cuando me metía en la cama y cerraba los ojos o cuando miraba el techo tumbada en la bañera. Sarai fue un gran apoyo para mí en aquellos momentos, la que me veía llorar y la que me ayudaba a desenredar esa maraña de adversidades. 


miércoles, 29 de febrero de 2012

Arm aber sexy

En Berlín es fácil acostarse con alguien. O quizás lo es en todas las ciudades excepto en la tuya propia, donde la vergüenza pública o el miedo a ser juzgada -un miedo que, la mayoría de las veces, ni siquiera se manifiesta a nivel consciente- te impide dar rienda suelta a tus pasiones. En Berlín es fácil echar un polvo, pero no establecer relaciones mínimamente duraderas, un fenómeno que hoy en día se produce en la mayoría de las metrópolis: con toda probabilidad lo mismo ocurra en Londres, Nueva York o Barcelona. Rapidez y futilidad: dos grandes males de nuestro siglo. La información viaja a una velocidad ensordecedora: una noticia da la vuelta al mundo en cuestión de minutos, los secretos de los gobiernos ya no están a salvo, custodiados en una invisible cámara acorazada e inexpugnable, la vida privada del individuo se va extendiendo cada vez más por los terrenos del dominio público. En fin, adonde quiero llegar con esto es que es fácil conocer a alguien, obtener información de su vida a través del facebook, incorporándolo a tu lista de cuatrocientos amigos, y después olvidarle sin más, con la misma eficacia con la que has indagado acerca de sus amistades, su ideología política o la celebración de su vigésimo quinto cumpleaños. Encuentros abocados al fracaso, amistades que solo existen en el mundo virtual y traicionero de las redes sociales.

En la capital alemana, por tanto, como en cualquier parte, imperan los amores efímeros y el sexo sin compromiso. Pero a esta coyuntura hemos de sumarle dos factores fundamentales que hacen de Berlín una ciudad más puta que las demás: que es el templo de la libertad en todos los sentidos, donde uno difícilmente se sentirá discriminado por su orientación sexual o su promiscuidad y que, en nuestro caso, estamos de Erasmus, o sea de Orgasmus, moviéndonos en un ambiente joven y sin tapujos, donde el sexo se convierte en el tema de conversación por excelencia y los domingos por la tarde nos echamos unas risas contándonos las aventuras del fin de semana.

En cuanto a la superveniencia de esos amoríos, algunos reaparecen en nuestras vidas y otros no. Yo diría que la mayoría no. Una vez conocí a un chico, gay, que me dijo que es imposible mantener una relación estable en esta ciudad. "Es demasiado grande, hay mucha gente y uno sabe, que si no vuelve a ver a su amante de turno, no pasa nada, ya conocerá a otro". Dijimos de volver a quedar para tomar un café o ir al cine, pero nunca volvimos a vernos. Tal vez no se trata solo de sexo sino también de amistad. No he tenido tiempo de llamarle. Si reflexiono sobre esto me dan escalofríos: no quisiera enfrascarme en una eterna espiral de relaciones superficiales, de despedidas glaciales con un "ya nos veremos". Y luego están los turistas, claro. Son esos polvos-espejismo que desaparecen al día siguiente sin dejar rastro. Se marchan a Munich, a Kölln o a Sao Paulo. Esos son los mejores porque sabes que no los volverás a ver y ellos también lo saben, con lo cual nadie se crea falsas expectativas. Amores breves, intensos, exasperados, a veces tan solo besos y caricias fugaces entre el humo embriagador y bajo las luces resbaladizas de una discoteca. Y al día siguiente las imágenes difusas, imprecisas, desdibujadas de la noche, que hacen que todo parezca irreal, pero la piel tiene mejor memoria que la vista y las sensaciones siguen flotando en el aire, vívidas, ávidas, durante unos minutos o unas horas... Qué plácidos son los recuerdos de la piel. Qué amaneceres tan desbocados, qué despertares tan indecorosos.

Como solemos decir, lo que pasa en Berlín, se queda en Berlín, todo un axioma en nuestro quebradizo mundo de encuentros y desencuentros. Y Berlín nos guarda los secretos, sin remordimientos ni escepticismo, porque no hay nada que le guste más que el morbo y el desenfreno a esta coqueta. No en vano le otorgaron el apelativo de arm aber sexy. Pobre pero tan sexy que nadie se puede resistir a sus encantos, nadie puede evitar dejarse llevar por sus propios instintos, dejarse seducir por la doctrina amorosa de Berlín una y otra vez...

sábado, 25 de febrero de 2012

Intenso y profundo

Un chico que sabía decir “que te folle un pez espada” en ruso; un piso donde se reunieron jóvenes de cinco nacionalidades diferentes y donde se hablaba de todo menos alemán; una Nochebuena que tuvo muy poco que ver con el Belén, la tradicional cena familiar o los villancicos; besos con lengua entre amigos y con una desconocida; una cama donde dormían tres amigos que se despertaban entre risas cuando el sol ya se había puesto; una taberna donde los viejos bailaban con nosotras y nos invitaban a cerveza y a tequila; un amor fugaz en forma de una chica o un demonio, que durmió en mi casa pero no conmigo; una fiesta de Fin de Año flotante y surrealista, que terminó a mediodía porque el cuerpo ya no aguantaba más. Visitas, risas, excesos, resacas, techno, conversaciones sobre sexo y drogas; nuevas amistades, nuevos lugares, nuevos clubs. Treptower Park, Sachsenhausen, Checkpoint Charlie. Sisyphos, Mikz, GMF. Viajes a otra dimensión, paseos por Berlín.

Navidades random y una bienvenida al 2012 desbocada, atípica, sin límites ni inhibiciones. Un mes de diciembre derrochador, frenético y repleto de historias que hoy recuerdo con una sonrisa pícara o con un leve estremecimiento: “Dios mío, qué locura. No sé dónde tenía la cabeza”. Y un principio de año que trajo una despedida, una mudanza, una renovación. Algunas cosas han cambiado, pero otras seguirán su curso irremediablemente (tal vez soy yo, que no quiero evitar su curso), corrientes que me seguirán arrastrando y yo me dejaré llevar, cerraré los ojos y escucharé las olas, mecida en su cuna, y me sumergiré en sus aguas y bucearé en ellas hasta… ¿Hasta tocar el fondo? Sí, tal vez hasta tocar el fondo.

¿Heimweh o Fernweh?

Nadie dijo que el alemán fuera fácil, pero es que en ocasiones en vez de un idioma parece un rompecabezas.  A ver dónde colocamos este verbo… ¡Bingo! Estamos ante una subordinada y está conjugado, así que al final de la oración. Pero no se trata solo de sintaxis, el vocabulario también nos puede situar en una encrucijada, perdidos en un laberinto de matices semánticos.

Si quiero hablar de nostalgia que siento por un lugar en castellano, lo tengo fácil: cuando estaba en Berlín añoraba Barcelona y ahora que estoy en Barcelona añoro Berlín. En alemán, sin embargo, existen dos términos para expresar este sentimiento: Heimweh (casa + dolor, echar de menos tu tierra natal o el lugar donde has vivido) y Fernweh (distancia + dolor, echar de menos un lugar a donde viajaste o simplemente sentir la necesidad de viajar).  Es evidente que cuando llegué a Berlín, sentía Heimweh, ya que añoraba mi ciudad, a mi familia, a mis amigos. ¿Pero qué es lo que siento ahora respecto a Berlín? ¿Heimweh o Fernweh?

Vaya, una simple duda léxica me ha llevado a plantearme una cuestión metalingüística. ¿Echo de menos Berlín porque es ahí donde está mi casa ahora o tan solo quiero regresar a esta ciudad temporalmente, donde aún hay tanto que abarcar, para seguir descubriéndola como parte de un largo viaje, una travesía que llegará a su fin en tan solo unos meses? La pregunta me recuerda que algún día deberé tomar una decisión, pero no quiero alarmarme ni precipitarme. La intuición me dicta que debo quedarme ahí. No soy la primera que ha puesto sus esperanzas y sus expectativas en Berlín, ni la primera que está expectante ante unos sueños recién forjados. Aunque los míos todavía están en proceso de fabricación y hasta que tomen forma de proyectos, sólidos y concretos, sé que me balancearé entre el romanticismo y la confusión, el idealismo y la utopía.

Si decido que siento Heimweh, haré lo posible por construir un hogar ahí y tomar las riendas de mi futuro. Si es Fernweh, continuaré mi viaje y beberé de las aguas del carpe diem, hasta apurar tantas copas como me ofrezca esta gran aventura. Lo que sé a ciencia cierta es que deseo regresar; tomar el Ring hasta Frankfurter Allee, llegar a mi casa, empaparme de nuevo del ambiente berlinés tras este largo (o corto) paréntesis. El tiempo pondrá los puntos sobre las ies, conjugará en imperativo cuando haga falta y, en alemán, elegirá el término adecuado.

Calles de azúcar

Sé que algún día recordaré Berlín por su peculiar mezcla de aromas, que se percibe en sus calles y en sus estaciones de metro, repletas de puestos de comida. En el aire flotan y se entretejen numerosos olores: a vainilla y a pan recién hecho, a pimienta y a orégano, a anís, a carne asada, a mantequilla, a canela, a café, a chocolate caliente... Sé que mis recuerdos girarán en torno al Berlín nocturno, ese titán silencioso y mal iluminado, un centinela taciturno que vigila atentamente todos nuestros movimientos, pues nunca duerme, ni siquiera cuando las primeras luces del alba disuelven la oscuridad.

Berlín y sus calles de azúcar, sus noches agridulces, porque la miel con que nos unta los labios desaparece al día siguiente, cuando la euforia y la pasión enmudecen y tan solo nos queda el recuerdo de la música y de un amor fugaz y volátil. Sé que habré olvidado muchos nombres, pero no las historias que he vivido en un sinfín de discotecas y locales: Golden Gate, Kater Holzig, KitKatClub, Suicide Circus, Schwuz... Cada noche vaticina una nueva aventura y nosotros, que ya lo sabemos, nos entregamos a ella en cuerpo y alma, porque ya hemos probado la droga de la libertad y no queremos desprendernos de ella. La noche berlinesa es coqueta y arrogante, desafiante y ambiciosa, discreta pero puta. Y cuando el día le toma el relevo, la fiesta continúa, la música no cesa y uno decide si quiere marcharse o apurar hasta la última gota el contenido de la copa de los excesos.

Me atrevería a decir que la Nachtleben forma parte de la cultura de esta ciudad, equiparable a la Isla de los Museos o al Muro. No en vano miles de turistas visitan la capital alemana en busca de emociones trepidantes, sedientos de música electrónica y ansiosos por descubrir la locura que albergan los clubs de más renombre. Algunos nos hemos expuesto al riesgo de ser tildados de ignorantes y nos hemos decantado por este tipo de turismo, dejando el arte y la música para el postre, aunque, habiendo transcurrido ya varios meses, ni siquiera hemos probado bocado de él. Todavía vamos por el primer plato. ¿Pero acaso esos clubs con grafittis y pinturas en las paredes, decorados y ambientados con un gusto exquisito, donde una muchedumbre insaciable baila al ritmo del techno, el electro o el trance no representan una forma de arte? Pintura, escultura y música se unen en perfecta comunión, gracias a la cual su efecto se magnifica y se disgrega en miles de ecos que atraviesan y sacuden los cuerpos, como si de una poderosa droga se tratasen. 

Tal vez el primer plato ha resultado ser más dulce que el postre y por eso nunca llega su turno. Nos movemos por un Berlín acaramelado, nos deslizamos por sus calles de azúcar y sus madrugadas pálidas. Ni siquiera las despedidas tienen un sabor del todo amargo, pues este queda eclipsado por la perspectiva de un nuevo encuentro. Así que permitimos que la noche nos unte los labios con su miel, por muy efímera que sea. Su sabor quedará grabado en nuestras memorias para siempre y algún día recordaremos Berlín con los cinco sentidos.