En Berlín es fácil acostarse con alguien. O quizás lo es en todas las ciudades excepto en la tuya propia, donde la vergüenza pública o el miedo a ser juzgada -un miedo que, la mayoría de las veces, ni siquiera se manifiesta a nivel consciente- te impide dar rienda suelta a tus pasiones. En Berlín es fácil echar un polvo, pero no establecer relaciones mínimamente duraderas, un fenómeno que hoy en día se produce en la mayoría de las metrópolis: con toda probabilidad lo mismo ocurra en Londres, Nueva York o Barcelona. Rapidez y futilidad: dos grandes males de nuestro siglo. La información viaja a una velocidad ensordecedora: una noticia da la vuelta al mundo en cuestión de minutos, los secretos de los gobiernos ya no están a salvo, custodiados en una invisible cámara acorazada e inexpugnable, la vida privada del individuo se va extendiendo cada vez más por los terrenos del dominio público. En fin, adonde quiero llegar con esto es que es fácil conocer a alguien, obtener información de su vida a través del facebook, incorporándolo a tu lista de cuatrocientos amigos, y después olvidarle sin más, con la misma eficacia con la que has indagado acerca de sus amistades, su ideología política o la celebración de su vigésimo quinto cumpleaños. Encuentros abocados al fracaso, amistades que solo existen en el mundo virtual y traicionero de las redes sociales.
En la capital alemana, por tanto, como en cualquier parte, imperan los amores efímeros y el sexo sin compromiso. Pero a esta coyuntura hemos de sumarle dos factores fundamentales que hacen de Berlín una ciudad más puta que las demás: que es el templo de la libertad en todos los sentidos, donde uno difícilmente se sentirá discriminado por su orientación sexual o su promiscuidad y que, en nuestro caso, estamos de Erasmus, o sea de Orgasmus, moviéndonos en un ambiente joven y sin tapujos, donde el sexo se convierte en el tema de conversación por excelencia y los domingos por la tarde nos echamos unas risas contándonos las aventuras del fin de semana.
En cuanto a la superveniencia de esos amoríos, algunos reaparecen en nuestras vidas y otros no. Yo diría que la mayoría no. Una vez conocí a un chico, gay, que me dijo que es imposible mantener una relación estable en esta ciudad. "Es demasiado grande, hay mucha gente y uno sabe, que si no vuelve a ver a su amante de turno, no pasa nada, ya conocerá a otro". Dijimos de volver a quedar para tomar un café o ir al cine, pero nunca volvimos a vernos. Tal vez no se trata solo de sexo sino también de amistad. No he tenido tiempo de llamarle. Si reflexiono sobre esto me dan escalofríos: no quisiera enfrascarme en una eterna espiral de relaciones superficiales, de despedidas glaciales con un "ya nos veremos". Y luego están los turistas, claro. Son esos polvos-espejismo que desaparecen al día siguiente sin dejar rastro. Se marchan a Munich, a Kölln o a Sao Paulo. Esos son los mejores porque sabes que no los volverás a ver y ellos también lo saben, con lo cual nadie se crea falsas expectativas. Amores breves, intensos, exasperados, a veces tan solo besos y caricias fugaces entre el humo embriagador y bajo las luces resbaladizas de una discoteca. Y al día siguiente las imágenes difusas, imprecisas, desdibujadas de la noche, que hacen que todo parezca irreal, pero la piel tiene mejor memoria que la vista y las sensaciones siguen flotando en el aire, vívidas, ávidas, durante unos minutos o unas horas... Qué plácidos son los recuerdos de la piel. Qué amaneceres tan desbocados, qué despertares tan indecorosos.
Como solemos decir, lo que pasa en Berlín, se queda en Berlín, todo un axioma en nuestro quebradizo mundo de encuentros y desencuentros. Y Berlín nos guarda los secretos, sin remordimientos ni escepticismo, porque no hay nada que le guste más que el morbo y el desenfreno a esta coqueta. No en vano le otorgaron el apelativo de arm aber sexy. Pobre pero tan sexy que nadie se puede resistir a sus encantos, nadie puede evitar dejarse llevar por sus propios instintos, dejarse seducir por la doctrina amorosa de Berlín una y otra vez...
Como solemos decir, lo que pasa en Berlín, se queda en Berlín, todo un axioma en nuestro quebradizo mundo de encuentros y desencuentros. Y Berlín nos guarda los secretos, sin remordimientos ni escepticismo, porque no hay nada que le guste más que el morbo y el desenfreno a esta coqueta. No en vano le otorgaron el apelativo de arm aber sexy. Pobre pero tan sexy que nadie se puede resistir a sus encantos, nadie puede evitar dejarse llevar por sus propios instintos, dejarse seducir por la doctrina amorosa de Berlín una y otra vez...
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