Sé que algún día recordaré Berlín por su peculiar mezcla de aromas, que se percibe en sus calles y en sus estaciones de metro, repletas de puestos de comida. En el aire flotan y se entretejen numerosos olores: a vainilla y a pan recién hecho, a pimienta y a orégano, a anís, a carne asada, a mantequilla, a canela, a café, a chocolate caliente... Sé que mis recuerdos girarán en torno al Berlín nocturno, ese titán silencioso y mal iluminado, un centinela taciturno que vigila atentamente todos nuestros movimientos, pues nunca duerme, ni siquiera cuando las primeras luces del alba disuelven la oscuridad.
Berlín y sus calles de azúcar, sus noches agridulces, porque la miel con que nos unta los labios desaparece al día siguiente, cuando la euforia y la pasión enmudecen y tan solo nos queda el recuerdo de la música y de un amor fugaz y volátil. Sé que habré olvidado muchos nombres, pero no las historias que he vivido en un sinfín de discotecas y locales: Golden Gate, Kater Holzig, KitKatClub, Suicide Circus, Schwuz... Cada noche vaticina una nueva aventura y nosotros, que ya lo sabemos, nos entregamos a ella en cuerpo y alma, porque ya hemos probado la droga de la libertad y no queremos desprendernos de ella. La noche berlinesa es coqueta y arrogante, desafiante y ambiciosa, discreta pero puta. Y cuando el día le toma el relevo, la fiesta continúa, la música no cesa y uno decide si quiere marcharse o apurar hasta la última gota el contenido de la copa de los excesos.
Me atrevería a decir que la Nachtleben forma parte de la cultura de esta ciudad, equiparable a la Isla de los Museos o al Muro. No en vano miles de turistas visitan la capital alemana en busca de emociones trepidantes, sedientos de música electrónica y ansiosos por descubrir la locura que albergan los clubs de más renombre. Algunos nos hemos expuesto al riesgo de ser tildados de ignorantes y nos hemos decantado por este tipo de turismo, dejando el arte y la música para el postre, aunque, habiendo transcurrido ya varios meses, ni siquiera hemos probado bocado de él. Todavía vamos por el primer plato. ¿Pero acaso esos clubs con grafittis y pinturas en las paredes, decorados y ambientados con un gusto exquisito, donde una muchedumbre insaciable baila al ritmo del techno, el electro o el trance no representan una forma de arte? Pintura, escultura y música se unen en perfecta comunión, gracias a la cual su efecto se magnifica y se disgrega en miles de ecos que atraviesan y sacuden los cuerpos, como si de una poderosa droga se tratasen.
Tal vez el primer plato ha resultado ser más dulce que el postre y por eso nunca llega su turno. Nos movemos por un Berlín acaramelado, nos deslizamos por sus calles de azúcar y sus madrugadas pálidas. Ni siquiera las despedidas tienen un sabor del todo amargo, pues este queda eclipsado por la perspectiva de un nuevo encuentro. Así que permitimos que la noche nos unte los labios con su miel, por muy efímera que sea. Su sabor quedará grabado en nuestras memorias para siempre y algún día recordaremos Berlín con los cinco sentidos.
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